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Escrito por el May 2, 2022 en cocina de cosecha, desayunos de domingo | 2 comentarios| etiquetas: comida de infancia, comida fantasía, desayunos, mitología de infancia

desayuno de Parador

Son los años 60, los años 70.

Viajar dentro de España, «hacer turismo», conocer el territorio, comienza a ser algo a la vez asequible y deseable para muchas parejas de clase media, parejas que trabajan, que están formando una familia y que se ilusionan con depositar sobre esos viajes fantasías relacionadas con la ruptura de la monotonía y la liberación de las obligaciones cotidianas.

Es la «escapada».

Viajar, entonces como ahora, también proporcionaba un plus de identidad. Confería un cierto «caché».

Fraga demostró tener un buen conocimiento de la condición humana y un fino olfato de clase cuando ideó la marca y el proyecto Paradores de España, que se convertiría en eso que hoy llamamos una Lovemark para muchas parejas de clase media que sentían un deseo efervescente de poder pagar con su sueldo una experiencia de comodidad, atención selecta y «glamour». Me diréis que no se le puede llamar «glamour» a dormir en un castillo decorado con armaduras y mobiliario castellano recio. He de disentir sobre esto. No solo se puede, sino que entonces lo tenía, y de qué manera.

Es difícil hoy hacer semejante viaje en el tiempo.

Pero yo recuerdo muy bien esos parámetros de lo «especial».

El olor de las estancias anchas, donde todo estaba cuidado al detalle, bruñido, impecable. Techos de vigas, suelos de parquet que brillaba y olía a cera, paredes de piedra o paneladas de madera cálida.

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Ojo a la suite con cunita rústico-imperial.

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Las habitaciones con sus luces indirectas, sus alfombras a pie de cama que por la noche cubrían con paños almidonados de algodón blanco bordados con las iniciales de Paradores, para que colocaras los pies desnudos sobre un lienzo impoluto que nadie había tocado.

Las piezas de artesanía local repartidas por cada rincón, sillones de cuero, bases y pantallas de lámparas, colchas, cortinas, jarras y platos de cerámica, jofainas, ánforas, líbreles, tinas, piletas, grifos antiguos en los patios, cofres, muebles de madera tallada y torneada, braseros llenos de flores, macetas de alfarero vidriadas.

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Ojo al blusón de manga ancha y al pantalón campana de mi madre, Ibiza triunfa.

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El embozo de la cama abierto en triángulo cuando subías a tu habitación después de cenar, las toallas blanquísimas y mullidas como esponjas, también bordadas; las camas hechas como si el procedimiento de estirar sábanas y colchas lo hubiera diseñado un ingeniero. La bandeja sobre el escritorio con fruta fresca y agua mineral.

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Ojo al espectacular ventanal de madera con hojas que se deslizaban hacia arriba, y a las lámparas de forja y pergamino.

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La decoración pensada para proporcionar una sensación de confort, armonía y relax al abrigo de «la estética española».

Las alfombras de lana gruesa, los repechos de las ventanas con begonias y geranios en flor, las cristaleras interiores flanqueadas por helechos, ficus, cintas y aspidistras. Rejerías y trabajos de forja por todas partes.

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Ojo a mi madre con su espectacular recogido «de ir por casa» con su botas altas y su característica pose de pies en 45º, cual si se hubiera pasado la infancia practicando ballet clásico. ¿Y ese pedazo de ventanal artesano? ¿No es una foto mitológica?

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Por la noche las cenas: el personal de sala, siempre mujeres salvo los jefes de sala, de uniforme y tan perfectas como si hubieran pasado revista en una compañía militar, a menudo vistiendo los trajes regionales. Moños, trenzas, recogidos, melenas onduladas hacia dentro, labios pintados.

Las pinzas para servir el pan, las bandejas con rizos de mantequilla con su rocío de gotas heladas, el ritual. Los cubiertos brillantes, los mangos pesados, con la textura noble de las pequeñas marcas del tiempo; al cogerlos pesaban como si fueran de plata.

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Ojo a mi padre y mi hermano que están morenos como conguitos en pleno diciembre, y a mi hermana que piensa darle de cenar a la Nancy negrita.

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El trato: punto exacto entre cercanía acogedora y distancia respetuosa.

Entrar allí era entrar en un mundo esférico regido por un ideal de perfección sensorial, eso que hoy llamaríamos marketing de marca, y la zambullida te contagiaba justo eso: una sensación de armonía, disfrute físico, alegría y satisfacción. Quizá también algo más complaciente, algo como acceder a un privilegio merecido y trabajado. Una sensación de almita satisfecha.

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Ojo a mis mocasines compactos, las preciosas botellas de cristal de Coca-cola, las cucharas de mango largo para tomar la copa de helado (vacía!) y la mesa con fiadores.

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Nunca bajábamos a desayunar al comedor, siempre subían el desayuno a la habitación de mis padres, comunicada con la nuestra. Cosas de mi madre, a quien le gustaba empezar el día con calma y cierta delectación.

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Ojo a la tirita en la frente de mi hermana y al look El Fari de mi hermano. Ambos eran toda una premonición de sus espíritus aventureros y poco convencionales. : )

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Me gusta esta foto porque habla con elocuencia de cómo era mi madre entonces. Todos parecemos habernos caído de algún árbol demasiado temprano menos mi madre, con su camisón de Cenicienta casada, lleno de glamour; con sus rizos perfectos, nada de rulos, nada de chándal, nada que no estuviera a su altura de mujer con una cierta idea del estilo. Para esa altura, nunca era demasiado temprano, nunca era demasiado tarde. No había excusas. El mundo era un lugar que ella dirigía. Las cosas se hacían bien o no se hacían.

Esta semana es mi cumpleaños, y para celebrarlo he querido volver al presente este desayuno de Parador. Con flores frescas de primavera y con las piezas que en el armario de la loza que he ido creando para mí, sustituyen a aquellas teteras de metal plateado, jarras de porcelana con el filo azul, rejillas para tostadas, servilletas de blanco lino grueso.

Y sobre la silla de mi comedor he dejado el camisón que llevaba mi madre ese día. Es increíble, porque tiene 50 años, pero está perfecto. Camisón y batín a juego, un ejemplo arrobador de la confección inspirada de alguna lencería de aquella época.

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Sobre la bandeja de metal brillante, cubierta por un paño de algodón, había magdalenas, rebanadas de plumcake, tostadas y bollos suizos. Algunos días también churros. Pequeños cuencos de cristal con mermelada y platos con rizos de mantequilla. Teteras humeantes con leche caliente, café y chocolate, y copas con zumo de naranja.

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Era una imagen deliciosa y deslumbrante, pura promesa del placer de empezar el día sobre una nube dulce, hecha de mimo, atención y cosas buenas.

Toda esa estética de los Paradores, cuya transformación he seguido a través del tiempo hasta aproximadamente 1995 gracias a que mis padres seguían siendo muy fans y de vez en cuando yo los acompañaba, dejó una huella infantil importante en mi relación con la belleza.

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Ojo a la carita de felicidad de los papás, con sus churumbeles adolescentes, aún dentro de su esfera de control y confianza, y ojo a las tiras colgantes plateadas y a las bolas de cristal que cuelgan de un abeto «de verdad».

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Así que cuando ahora recuerdo el Parador de Mazagón, el del Saler, el de Zafra, el de Toledo, el de Segovia, el de Ávila, el de Gredos, el de Cazorla, el del Valle de Arán, el de Monte Perdido, el de Bielsa, el de Arcos de la Frontera, recuerdos que ya me quedan tan lejos, siempre lo hago con amor, con nostalgia y con una afirmación agradecida de todas las cosas preciosas que aprendí en ellos sobre la felicidad cotidiana.

Apenas tengo que esforzarme para recordar el olor de los rizos fríos de mantequilla sobre el pan tibio, el olor a nieve en el aire gélido entre el cristal y el postigo de madera de nogal de la habitación de Pirineos, el tacto confortable del pañito blanco bajo los pies desnudos antes de meterse en la cama suavemente almidonada.

Antiguos rastros bienaventurados de una felicidad que aún dura.

 

: : Plumcake de fruta deshidratada

El plumcake era una pieza importante de aquel desayuno.

Importante porque para nosotros, niños de los 60, era totalmente exótica. Nunca habíamos probado plumcake ni lo probamos, seguramente, en ningún otro lugar a lo largo de toda nuestra infancia. Creo que ya he contado en algún sitio que los desayunos en la casa familiar de mi infancia eran más bien estoicos : ) : )

Aquel plumcake no era como éste de hoy. Aquel tenía seguro una textura más seca y migosa, y estaba adornado con pasas y frutas glaseadas rojas y verdes, probablemente guindas, o quizá calabazate verde y rojo.

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Siempre me conmueve y me hace sonreír recordar cómo me fascinaban aquellas cosas, un plumcake de hotel, unos huevos rellenos con su yema rallada, un áspic de verduras temblequeante.

Esta receta es estupenda por tres razones: es húmeda y jugosa, se puede gastar fruta deshidratada, que aporta mucho menos azúcar (por otra parte, innecesario) y tiene un tamaño perfecto para acabártelo en dos días de entusiasmo plumcakeril.

  • 1 cup de guindas confitadas, en cuartos
  • 3/4 cup de pasas sin hueso, a tu gusto la variedad
  • 3/4 cup de fruta deshidratada variada cortada en trocitos muy pequeños (yo he elegido melón francés, pera y fruta de la pasión)
  • 1 y 2/3 cup de harina
  • 1/2 teaspoon de sal (un pellizco)
  • 1 teaspoon de levadura química
  • 1 cup de azúcar blanco
  • 250 gr de queso crema tipo Philadelphia
  • 1/3 cup de mantequilla a temperatura ambiente
  • 2 huevos L a temperatura ambiente
  • 1 teaspoon de extracto de vainilla (opcional)
  • 1 teaspoon de extracto de almendra o de naranja o de limón (opcional)

 

Este bizcocho va con un molde pequeño. El mío medía 12 x 22 cm.

Precalienta el horno a 165º. Es un bizcocho de cocción larga a temperatura moderada.

Enmanteca o enaceita o pulveriza con spray de horno el molde y luego fórralo con papel antiadherente cortado a medida (sulfurizado). Vuelve a enaceitar, enmantar o pulverizar el papel. Se quedará pegado a la base y las paredes y te dará un resultado perfecto al sacarlo.

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Pésalo todo en cuencos y disponlo sobre la encimera.

Aparta dos cucharadas de la harina que has pesado y resérvala.

Mezcla la harina con la levadura y la sal y tamízala en un cuenco.

Bate en la batidora con el accesorio pala o con el globo la mantequilla, el azúcar y el queso crema, hasta que la mezcla esté pálida y espumosa. Añade un huevo, sigue batiendo, añade el otro huevo y los extractos y bate un poco más.

Añade los ingredientes secos y amalgama la masa doblándola sobre sí misma con una espátula varias veces. Un poco antes de que esté completamente incorporada, reboza la fruta con las dos cucharadas de harina que has reservado, sacúdela entre las dedos abiertos y añádela a la masa. Termina de mezclar, pero sólo lo imprescindible para que se incorpore de manera homogénea.

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Pasa la masa al molde y aplana con delicadeza la superficie.

Pásala al horno.

Comprueba la cocción pinchando el centro de la masa con un palillo pasada una hora y cuarto (guíate siempre por tu experiencia de lo fuerte que cuece tu horno). Cuando sea el momento de sacarlo del horno, el palillo debe salir limpio, sin restos de masa adheridos.

Sigue cociendo hasta que se vea bien dorado por encima y el palillo salga limpio.

El mío coció 1 hora y 40 minutos en horno con calor arriba y abajo y aire (Circotherm).

Cuando esté listo, sácalo del molde ayudándote por el papel con unos buenos guantes de protección  y déjalo enfriar por completo sobre una rejilla. Retira el papel.

Después, envuélvelo en film o guárdalo en una caja metálica o en una fiambrera de cristal.

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Si te dura ; ), se conservará jugoso casi una semana.

 

· ¡SED FELICES QUERIDAS! ·

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Notas felices:

En la vajilla que aparece en la bandeja de desayuno aún conviven dos logos. El primer logo de 1950, de estilo racionalista, corresponde a la Dirección General de Turismo, con las siglas DGT, que se había creado en 1938 y que en 1950 refleja la importancia creciente del turismo al pasar a formar parte del Ministerio de Información y Turismo. Es el que se ve en la taza que está a la derecha en la foto de la bandeja de desayuno.

El segundo es una evolución del logo de 1963, año en que la Dirección General se transforma en Subsecretaría de Turismo. Presidido por un gran T que recoge el conjunto y enmarcado en un cuadrado, con una tipografía rústica afincada en la evolución intelectual de lo popular y con algún perfume taurino, no está lejos de las influencias estéticas del grupo El Paso.

En España empezaban a pasar cosas nuevas, y el diseño de la imagen de marca asociada a los grandes proyectos turísticos era una de ellas. Este logo sobrevivió, con transformaciones para ir adaptándolo a los cambios de siglas de la institución de la que dependía, hasta 1979. Es el que está en la taza de desayuno que se ve a la izquierda de la foto.

Personalmente, el logo de 1963 sigue siendo mi preferido, aunque todos los de la década de los 70 me parecen grandes trabajos. Su evolución más conocida es la imagen que está aquí arriba a la derecha.

Las flores son delphinium azul celeste, escabiosa lila, flor de cera rosa pálido, paniculata blanca y margaritas mini, y vienen de mi floristería preferida, Absoluta Flora.

Esta receta es una adaptación de la receta de plumcake ligero del blog rockrecipes.com.

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2 Comentarios

  1. Con tus recuerdos haces que evoque yo los míos. Me encanta leerte. No soy buena cocinera pero me deleita la exquisitez con que te expresas. Gracias.

    • Querida Felisa, nos compenetramos en muchas cosas… Mil gracias por lo que me dices, sabes que me toca el corazón. Un gran abrazo y muy feliz verano!

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