La mañana de Año Nuevo es mi momento preferido de estas fiestas. Me encanta.
No sé por qué pero por aquà suele amanecer una mañana de sol radiante, y yo siempre tengo la sensación de que estoy a punto de abrir un precioso paquete de regalo.
El primer Año Nuevo que vivà ya divorciada coincidió con la mudanza a una casa nueva. Los niños aún eran pequeños, sobre todo Noel, que acababa de cumplir 5 años. Me dije a mà misma que era el momento de inventarme mis propios rituales para celebrar las cosas importantes con ellos. Y asà fue que inventamos el de recibirlo con rosas.

La cosa iba asÃ: el último dÃa del año los tres pensábamos un deseo importante, lo escribÃamos en un papel y lo metÃamos en sendas botellitas de cristal (que mayormente venÃan a ser de tónica), junto con una perla blanca que simbolizaba las cosas maravillosas que vendrÃan solas, un pellizco de sal que simbolizaba el trabajo que nosotros pondrÃamos para acercarnos al deseo, y un pétalo de rosa. Y las tapábamos con un corcho, para convertirlas en una botellas-mensaje. Aquello significaba que la botella se mantendrÃa a flote todo el año y que nuestros deseos llegarÃan a buen puerto aunque costara lo suyo.
Después nos asomábamos al murete de la terraza, encendÃamos bengalas, deshojábamos cada uno una rosa y lanzábamos los pétalos al aire al grito de Feliz Año Nuevo.
Las rosas siempre han simbolizado la perfección de la belleza. La belleza siempre es algo que se nos regala. Y también es una buena linterna en tiempos oscuros. Y su perfume una pócima infalible contra la zozobra. Esa era la parte de la rosa.

La otra noche me encontré con un amigo al que admiro en una galerÃa. HacÃa muchos meses que no nos veÃamos. Estuvimos hablando de que ha sido un año difÃcil, y el que viene iba a serlo un poco más. Eso nos hacÃa sentirnos un poco como en medio de una encrucijada. Y los dos nos contábamos lo mismo: que este año nos costaba mucho formular un deseo. Un único deseo.
Y él me decÃa que entonces debÃamos pedir seguir adelante. Seguir adelante. Hasta que al final encontráramos la puerta, y la puerta se abriera.
Rilke decÃa que debÃamos amar las preguntas, como libros aún cerrados que contienen las respuestas que buscamos. Hay que leer el libro hasta el final, sin saltarse páginas, sin apresurarse. Porque si amamos las preguntas, si no intentamos acallarlas antes de tiempo, un dÃa, tal vez sin darnos cuenta, sentiremos la respuesta. El libro se abrirá por la página que esperábamos y nos desvelará una imagen completa.
Pues algo asÃ.

Año Nuevo significa nuevo comienzo. Somos criaturas cÃclicas, necesitamos cambios para seguir sintiendo la intensidad de las cosas, necesitamos el aliciente de las nuevas citas con la vida.
Año Nuevo significa creer que tenemos otra oportunidad de recrear nuestra vida, de reinventárnosla.
Pero en realidad, cada dÃa en que nos despertamos es Año Nuevo. Un nuevo comienzo. Una nueva oportunidad de hacerlo todo igual, pero mejor, o quizá todo distinto.
Asà que eso es lo que voy a pedir yo. Que el espÃritu del Año Nuevo me acompañe cada dÃa de este año.

Por eso, cuando esta noche cierre mi botellita, añadiré más rosas de la cuenta.
Belleza: la belleza simple y sorprendente de cada dÃa, la belleza del esfuerzo y de las cosas hechas a conciencia, la belleza de la contemplación, la buena compañÃa, la lentitud, el ánimo pacÃfico y la disciplina.
La belleza vital un como haiku de Año Nuevo.
Este año voy a abrir un poco la mano con las rosas y pienso recibirlo con un manojito de ellas, a ver si el EspÃritu pilla el guiño y me deja unos buenos kilos de todas esas cosas que bien quisiera yo saber hornear en un pastel con el que terminar cada uno de mis dÃas de este año…








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