Durante muchos años, desde que era muy pequeña hasta que nació mi primer pollo, uno de esos sabores que son privilegio de la Navidad en la caprichosa peculiaridad de cada familia fueron, en la mÃa, los pastelitos de boniato.
Mi abuela los horneaba de siempre cada año el dÃa del sorteo de la loterÃa de Navidad, y se ponÃa a la faena como hacÃan las mujeres de antes: tres kilos de harina que habÃa que amasar con aceite y mistela, y rellenar con confitura de boniato que se habÃa preparado de vÃspera.
De ese barreño de masa rústica que olÃa maravillosamente a vino dulce y fermentado saldrÃan seis docenas de pastelitos, que endulzarÃan la sobremesa de todas las comidas de Navidad.
Cuando los hijos de la abuela crecieron y tuvieron sus propias casas, además de los pastelitos que saldrÃan en la comida de Navidad en bandejas de postre, habrÃa sobre el aparador tres cajitas recicladas (de caramelos, de bombones, de galletas) rellenas de pastelitos para que cada uno de los hijos se las llevara a casa cuando llegara el momento de despedirse.
Los años pasaron y los nietos fuimos creciendo y marchándonos de casa de sus hijos. La abuela se hacÃa vieja pero su olorosa empresa creció y creció, pegando estirones, como dicen que crecen los niños cuando tienen fiebre.
Cada año que uno de los nietos estrenaba casa propia, la abuelita acompasaba el acontecimiento con el ritual de aumentar en una la lista de las cajitas recicladas rellenas de pastelitos navideños.
Cuando mi hermana se fue de casa a vivir con su novio sin que mediaran más formalidades, con gran transtorno familiar, la abuelita, que en muchos aspectos resultó ser más progresista y amorosa que su propia prole, la apuntó en su legendaria lista de cajitas de cartón manchadas de aceite. Después de aquello no hizo falta pedirle discurso alguno, y mi hermana, que tira a sentimental como yo, supo apreciar aquella crucecita en lo que de verdad valÃa. No habÃa ninguna duda: si estabas en esa lista, ya tenÃas tu propio hogar.
Era una historia que estaba a la vista de todos a poco que uno se fijara, pero yo tuve la suerte de poder escucharla de su propia lengua, tan dulce.
Y la cosa era asÃ: el dÃa de la vÃspera, se cocÃan los boniatos en el horno. Muchos boniatos, varias tandas. A horno muy caliente, y no habÃa más que decir, porque el horno de mi abuela era un horno de gas de aquellos en los que se abrÃa la espita del mando de la cocina en la que ponÃa «horno», se acercaba una cerilla a la boca del suelo del horno, se oÃa un «chas» impetuoso y explosivo y a continuación, como una guirnalda navideña, veÃas prenderse, una tras otra, con el mismo orden armonioso que un acorde largo, llamita azul tras llamita azul, todo el largo collar de fuego que rodeaba el dibujo del horno.
Las bandejas de boniatos lavados entraban y salÃan del horno que ardÃa, una tras otra. Los cristales de la ventana se empañaban. La cocina parecÃa un nido. Bandejas llenas de boniatos cocidos que habÃan dejado la casa impregnada de un firme olor a otoño tardÃo se iban amontonando sobre el mármol mientras se enfriaban un poco. HabÃa que esperar lo justo, y luego, con manos decididas, desprenderlos de su piel mientras aún estaban calientes, socarrándose las yemas de los dedos y aspirando las nubes de vapor perfumado que ascendÃan mojándote las mejillas.
La pulpa se pesaba y se cocÃa con la misma cantidad de azúcar blanco en una cazuela de barro, lentamente, removiendo sin parar, hasta que tomaba la consistencia de una confitura fina.
HacÃa frÃo y desde muy temprano la ventana de la cocina estaba negra de noche. Pero la tarde en la cocina era grata y no se hacÃa larga.
Al dÃa siguiente, cuando llegara Fulgencia y la abuelita se hubiera aseado y se hubiera tomado el vaso de leche con malta y tres galletas MarÃa, encenderÃan la radio, las dos mujeres de la misma edad que comenzaron su relación desde el antiguo régimen, como «mujer» y «señora», y la terminaron, aunque Fulgencia siguiera llamándola señora MarÃa, como viejas compañeras. En la radio los niños de San Ildefonso empezaban temprano a cantar las bolitas de la loterÃa. La cocina estaba caliente, el horno estaba encendido de nuevo y el sol entraba lentamente por el ventanal que daba al patio.
La masa se trabajaba en un barreño, las tortitas se amasaban con un vaso de cristal entre dos hojas gastadas de libreta cuadriculada que se aprovechaban como papel de horno, y una bandeja tras otra, los pastelitos, azucarados con un rocÃo de neviza, entraban y salÃan del horno.
Las cajitas de cartón ya estaban preparadas: cajas rojas de Nestlé, cajas de galletas Cuétara, cajas de caramelos La Pajarita, cajas de polvorones del Simago.
Fulgencia con su imperecedero traje de luto y la señora MarÃa con su batincito guatado trajinaban toda la mañana en la cocina, como si el cansancio de las tareas que llevan horas fuese algo natural en la vida de una mujer con una casa a cargo.
(Tengo dos fotos de aquello, difusas y movidas, que concentran toda la agridulce intensidad del tiempo perdido y que conservo como un tesoro).
Cuando ya fui mayor para leer esta historia tal como la estoy contando, esa mañana siempre llamaba a la abuelita en cuanto empezaba el sorteo.
Yo aún estudiaba mi carrera y vivÃa lejos, y ese dÃa estaba en casa, haciendo las maletas para volver a casa de mi familia durante la Navidad.
Las dos ponÃamos la radio a la vez y escuchábamos cantar los premios toda la mañana, yo haciendo mi maleta y ella haciendo los pastelitos de boniato.

Cada una en su casa, las dos sabÃamos que aquella llamada comenzaba una lazada que nos mantendrÃa juntas todo el dÃa, y pondrÃa en marcha la cuenta atrás de la añoranza: era 22 de diciembre, y el 25 nos volverÃamos ver.
Y era una mañana maravillosa, la primera mañana de mi Navidad.
Nunca dejaré de añorar aquello.
Al fin y al cabo la fórmula era bien sencilla: una intimidad de floración espontánea que 800 kilómetros por en medio no podÃan diluir, olor a pastelitos cociéndose en el horno, certeza de que alguien muy lejos piensa en ti y te echa de menos.
Aunque nunca lo dije asÃ, con aquella llamada yo querÃa decirle: qué ganas tengo de subir las escaleras heladas de tu casa y encontrarte en tu zaguán con la puerta abierta, esperándome rodeada de la luz amarilla del quinqué del recibidor y el olor a tierra buena de los helechos del pasillo.
No hacÃa falta que lo dijera, porque ella lo entendÃa tan claro como si hubiera levantado una bandera.
Y asà nos despedÃamos, con besos y olor a pastelitos enroscándose en los hilos del teléfono.
Desde aquellas llamadas Sevilla-Castellón a las nueve de la mañana del dÃa 22 de diciembre han pasado veinticuatro años.
Dos niños.
Un divorcio.
Un nuevo matrimonio.
Nuestra nueva casa.
Muchas horas felices.
Muchas Navidades bajo mi propio techo, intentando hacer lo que hacÃa ella: construir silenciosamente mis propios pequeños rituales.
Pero aún hoy, con todo eso bueno a mis espaldas, creo que no ha habido ni habrá nunca para mi una Navidad mejor que aquella…
*fotografÃa en blanco y negro, José Luis Medina.
Las fotografÃas de mi abuela son un regalo de mi tÃa Elisa.
Galiana es una casa tradicional y muy respetada de Valencia dedicada a los turrones y los dulces de Navidad, que sólo abre de octubre a diciembre.










0 Comentarios