Cuando aún éramos pequeños o estábamos en el tramo de camino en el que dejas de serlo, en aquel tiempo suspendido en el que aún no sabÃamos nada de las dificultades de quienes nos criaban ni tampoco nada apenas de las tristezas que les esperaban, cada año, el dÃa de la Virgen del Pilar, los tres hermanos acudÃan a casa de su madre, calle Bartolomé Reus nº 5 en Castellón, a celebrar el dÃa de su santo. Porque aunque todos la llamaban Marita, la abuela se llamaba Pilar.
12 de octubre, antes del cambio climático. Otoño asentado, dÃas frescos que se volvÃan casi frÃos al caer el sol por la tarde. Calcetines con los zapatos de dÃa de fiesta. Y abrigo, nuevo cada dos años, porque los niños crecÃamos como palmeras, que se estrenaba ese dÃa.
12 de octubre. A la una, la abuelita, vestida de negro riguroso porque era viuda reciente, se colocaba delante del mirador del comedor a esperar nuestro coche.
Los ventanales y las persianas eran de madera oscura, pesaban, crujÃan.
Cuando el Renault pasaba por debajo del balcón, mi padre le tocaba el claxon y nos dejaba bajar si no habÃa sitio para aparcar en la misma acera de su casa.
La abuela nos tiraba la llave del portón de la finca envuelta en un pañuelito anudado desde el balcón abierto, y nosotros abrÃamos y nos precipitábamos escaleras arriba, a través del clima fresco y musgoso del zaguán en sombra, que recibÃa una tenue luz cenital desde el lucernario del terrado.
La abuela nos esperaba con la puerta abierta.
Detrás de ella se expandÃa, como un humor, la luz ambarina de la casa y el aroma de la comida de dÃa festivo. Abrazos apretados.
Yo adoraba a mi abuela, y ese momento del abrazo era como beber cuando se tiene sed.
Algo que no querÃas acabar y que te reverdecÃa por completo.
A su lado siempre habÃa un macetero con helechos o con hortensias azules, y el quinqué del velador de mármol de la entrada, con su delicada pantalla grabada, estaba encendido.
La comida oficia del dÃa del santo era sopa de espárragos, servida mientras aún humeaba.
Primero habÃa que sentar en sus sitios a la caterva de niños excitados que correteaban pasillo arriba y abajo.
Cuando ya reinaba un orden aceptable en la mesa de los pequeños, los mayores se sentaban en la gran mesa de caoba, desplegada, bajo la lámpara de lágrimas de cristal, y las mujeres comenzaban a traer los platos de la cocina, abriendo las dos puertas batientes, estilo Far-West, que separaban el principio del pasillo de las zonas interiores de la casa.
Los platos llegaban y dejaban suspendida en la habitación una estela de fragancia que hacÃa descender sobre ella un silencio hechizado, tal que una nevada que comenzase de repente.
Todos los niños quietos, arrimando las naricitas hacia el lÃquido aterciopelado y brillante, perlado de gotitas doradas, que olÃa a campo y a casa buena.
Durante un par de minutos el silencio se extendÃa apaciguando el comedor como un contundente halago sin palabras.
Y luego comenzaba ese gorjeo cantarino que producen muchas cucharas tintineando en el fondo de muchos platos, muchas conversaciones que se entremezclan con el cascabeleo de la plata y comienzan a subir de tono según los cuerpecitos se entibian, el sonido feliz del agua y el vino vertiéndose en las copas, las mujeres levantándose de cuando en cuando a vigilar la algarabÃa risueña de los niños…
Mi tÃa Elisa, elegante como un pimpollo, a menudo preparaba el segundo plato, una pieza de carne rellena que cortaba con un cuchillo de trinchar eléctrico… Las pequeñas maravillas domésticas de los 70…
De postre habÃa uva y brazo de gitano, y después habÃa cigarros y puros, y copitas de anÃs, y bombones. A veces habÃa cap con su fruta, servido en copas anchas de cristal grabado y en su gran jarra pintada con una escena campestre y filo dorado…
Se encendÃan las lámparas y el brasero, y mirábamos otra vez las fotos que la abuela colocaba entre las faldas y el cristal de la mesa camilla. La abuela se sentaba en su mecedora y contaba cosas. Más adelante, cuando se fue haciendo más mayor, sólo escuchaba y sonreÃa, a menudo con los dulces ojos un poco lejanos.
Y costaba subirse al coche y marcharse hacia la autopista y dejarla allÃ, asomada en su mirador, diciéndonos adiós con la mano, con la lámpara de pie junto a la mecedora esparciendo su aliento caliente en esa habitación querida.
Mientras duró mi larga infancia, para mà ése fue uno de los dÃas más felices del año.
Hoy es el santo de mi abuela, y he tenido ilusión de preparar otra vez la sopa de espárragos, tal como la preparaba ella, como recuerdo.
Feliz dÃa, abuelita. No te has ido muy lejos, como ves. Muchas felicidades.











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