Cuando era pequeña, muy pequeña, la primavera comenzaba debajo de una acacia en flor, bajo el techo fantástico que formaba la enramada de racimos de conejitos blancos oscilando sobre mi cabecita con coletas.
Empezaba con una faldita de flores, unas bailarinas rojas con una moña rizada, coleteros rojos de bolitas de madera, y con los trinos de los pájaros abriendo un cielo nuevo.
Después, en la primera adolescencia, la primavera comenzaba el 30 de mayo, con el timbre de la puerta sonando una vez y otra vez como un estribillo; comenzaba cuadriculando la mesita de formica azul celeste de la cocina con bandejas de cartón blanco llenas de reposterÃa de yema y azúcar de la pastelerÃa Salvi. Empezaba con una procesión casi ritual de centros de flores que las mamás de sus pequeños clientes le enviaban a mi madre por su santo.
Terrinas de cerámica en las que abanicos de gladiolos ardÃan suavemente como fuegos rosas.
Cestas de mimbre de rosas blancas y papaver, centros silvestres de calas, margaritas y claveles.
Terrinas compuestas sobre estereofón verde empapado en agua, que olÃan a bosque y a la humedad densa y sensual de la floristerÃa.
Era un dÃa de lujuria para mÃ, que desde muy pequeñita adoraba las flores.
Cada vez que llegaba un centro, yo andaba por el pasillo detrás de la estela de aroma que dejaban, y esa noche dormÃa como deben dormir los ángeles o los cuerpecitos untados con ambrosÃa, como pasaba en las leyendas que leÃa por las noches.
Los dÃas siguientes hacÃa como las abejas, libar, libar… de un centro a otro, oliéndolas, mirándolas brillar como gemas bajo el reflujo del sol de la mañana sobre la repisa del radiador del comedor…
Después, dos o tres dÃas después, pedÃa permiso a mi madre, deshacÃa los centros, sacaba los jarrones de cristal tallado de mi madre de los armarios donde se aburrÃan, y reacomodaba las flores guiándome por mi instinto, cortándoles los tallos para que vivieran más. Les cambiaba el agua cada dÃa y ahà estábamos, ellas y yo, conversando en voz baja, felices y plácidas, hasta que llegaba el momento de deshacer los jarrones (para lo que también tenÃa que pedir permiso. A mà no me gustaba verlas marchitarse, pero mi entusiasmo por preocuparme de aquellas criaturas estaba en franca minorÃa en la casa familiar).
Además de los centros que recibÃa mi madre, ese dÃa 30 de mayo, durante bastantes años, yo recibÃa un ramo.
Un ramo de rosas Chrysler, rosas de tallo corto y un maravilloso color rojo púrpura, la especie de rosas más fragante del mercado.
Mi tÃa Carmen le mandaba un centro a mi madre, para agradecerle a mi padre lo que hacÃa por mi tÃo, que estaba muy enfermo del corazón, y como era el santo de las dos y ella era, además de una mujer agradecida, una mujer cariñosa, me enviaba aquel ramito a mÃ.
No creo que mi tÃa Carmen supiera nunca la emoción que me producÃa aquel regalo.
Quizá murió cuando yo aún no sabÃa decir estas cosas.
Fueron las primeras flores que me regalaron, pero sobre todo me emocionaba que ella hubiera elegido para mà aquellas flores, lujuriosas, opulentas, aquellas flores de jardÃn que entraban en mi cuarto causando conmoción, transformándolo todo, como Anna Galiena cuando entraba en su peluquerÃa en aquella pelÃcula.
A mà aquellas rosas no me parecÃan flores de segunda por no tener tallo de modelo. Qué va, todo lo contrario.
No olÃan a colonia ni a silicona sino a mujer.
A mujer de una pieza. A mujer de armas tomar.
Y te podÃan hechizar igual que una de ellas. Y qué más se podÃa desear.
Qué gloria, aquel regalo, aquel olor que era como una posesión, que era como enamorarse.
Yo aún no sabÃa cómo serÃa enamorarse, pero ya pensaba mucho en eso, y las olÃa y estaba segura de que serÃa algo asÃ, algo como rendirse bajo el susurro invasivo y dulce de aquel perfume…
Cuando me divorcié y estrené una casa para mÃ, la primera planta de jardÃn que compré, después del olivo, fue un rosal Chrysler.
Bienvenida, primavera.
Bienvenida entre nosotros, tú que regresas al mundo de la luz y de los vivos como una Perséfone radiante y retozona.
Ven y sigue perturbándonos, sigue sembrando tu semilla de divino descontento en nuestro corazón, en nuestras vidas, en nuestras casas.
No te apiades de nuestras costumbres enranciadas.
Haz que nos pique la piel y que tengamos muchas ganas de vida extraordinaria.
Sigue seduciéndonos, deslumbrándonos, sorprendiéndonos, confortándonos, inquietándonos.
Sigue hechizándonos, un año más, con tu aliento que huele a rosas y a pequeñas revoluciones Ãntimas…
Y para entrar en la primavera, un plato ligero y festivo: pissaladiere.











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