A menudo yo me imaginaba el invierno como un tiempo de reposo, de sueño.
Los árboles dormÃan, descansando, cogiendo fuerzas, como los osos en sus cuevas calientes, esperando a la primavera para volver a despertar.
Todo el mundo verde hibernaba bajo un sopor reparador.
Pero un jardinero me explicó una vez que en invierno las plantas dejan de crecer hacia arriba y comienzan a crecer bajo tierra. Pierden el follaje y se concentran en los extraordinarios trabajos que suceden en la oscuridad y a cubierto: alargan sus raÃces y las hacen ir más abajo, más abajo.
AsÃ, cuando la torna vuelva a cambiar y la primavera traiga esa lluvia alegre de marzo, las raÃces serán más capaces de aprovecharla, habrán formado un encaje más tupido, una cata más profunda.
Sin la raÃz, el árbol es nada. La raÃz le da de comer cada dÃa, pero sobre todo la raÃz lo sostiene, igual que una pared maestra sostiene un edificio.
Me gusta pensar en esos términos, como si también nosotros tuviéramos esas dos dimensiones, la de las hojas lustrosas llenas de clorofila, el follaje verde, brillante y jugoso fabricando energÃa, y la de las raÃces, buscando agua y minerales en lo oscuro para enviarlos hacia las hojas.
En esas épocas de alternancia entre arriba y abajo, visible e invisible, luz y oscuridad, uno y otro esfuerzo.
Sigue el frÃo, y es bonito. Es bonito porque significa que seguimos rodeados de ciclos naturales vivos. Como las plantas y los árboles, yo procuro hacer esos trabajos de invierno: aumentar todo aquello que puede sostenerme.
Esta semana comà con una amiga que me contaba que este año se habÃa hecho esta pregunta: ¿qué es lo que de verdad quiero hacer? ¿qué es lo que harÃa si pudiera decidirlo con una libertad absoluta?
La respuesta a esa pregunta es lo que nos sostiene mejor que ninguna otra cosa.
Contestar la pregunta, prolongar las raÃces, comprender la hermosura del frÃo.
Colocar estratégicamente las constelaciones para que ese sustento venga hasta nosotros.
Preparar una cuna para la primavera.
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Colores del invierno: blanco de escarcha, azul lavado, un sol pálido de color limón.
La urdimbre del invierno está tejida con una veta mineral que huele como el lecho de los rÃos cuando cae el sol, y que lo atraviesa tal como hemos aprendido que una flecha puede atravesar un corazón.
Pero el invierno también huele a mantequilla, a cacao espeso con una borla de nata, a patata hecha puré, a caldo de cocido.
A pan a la brasa. A arroz caldoso, a potaje de garbanzos.
Al vaho fragante que deja el vapor de la ducha en toda la casa, como un reguero visible.
A jacintos y nadaletas. A mimosa.
A casa protegida y humo de leña.
A estrellas de Orión.
A cruasán y panquemao caliente mojado en café con leche.
DÃas cortos para hacer con ellos ábacos de delicias pequeñas, como un milhojas de luz subterránea que se adensa esperando el momento de clarear…
O con esta tartita de peras de invierno…










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