por Fernanda | Jun 12, 2013 | desayunos de domingo
Porque me gustaba ya tanto el alba, que mi madre me la concedía como premio. Lograba que me despertase a las 3,30 y me iba, con una cesta en cada brazo, hacia las huertas que se refugiaban en el recodo estrecho del río, hacia las fresas, los casis y las grosellas...