Ayer por la tarde-noche, en una de las tantas idas y venidas que hacemos cada dĆa a mirar el mundo por el ventanal de la terraza, mi marido dijo: ala, los vecinos han puesto una guirnalda!
El cielo estaba de ese azul ultramar que es llave de la noche.
Bajo ese azul mĆstico que caĆa en remolinos sobre la plaza, en su pequeƱa terraza la guirnalda brillaba como un luminoso de los aƱos 60. Sorprendente, inesperada, cargada de inocencia.
Debajo de la guirnalda habĆa una cama. Encima de la cama y a modo de techo galante, estaba la cortina verde del comedor, estirada hasta hacerla caer sobre la barandilla del balcón y sujeta con unas cuantas pinzas de tender la ropa.
La noche estĆ” amarilla. Es una de esas noches escasas en que la nube de partĆculas que flota sobre la ciudad es especialmente espesa, y refleja sobre los terrados y las terrazas cascadas de luz amarilla. O verde, segĆŗn se mire. Luz fosforescente, irreal, que parece de luciĆ©rnaga. Luz de incendio, como si arriba, en algĆŗn lugar cercano, algo estuviera ardiendo sin ruido y el reflejo se derramara sobre la ciudad.
Sobre la cama se adivina a un hombre besando despaciosamente a una mujer.
Me quedo mirando la escena con cierto arrobamiento, ensimismada y sonriendo a lo bobo, como si encima de mĆ alguien hubiera olvidado un frasco de polvo de hada que goteara un poco.
Hace muchos aƱos hubo otra noche amarilla como Ć©sta, otra cama improvisada sobre ladrillos rojos, suaves y tibios por las lenguas del sol del dĆa; otra larga madrugada de arrullarse largamente sin dormir, contemplando sin sueƱo el dosel fosforescente de la luz vagabunda de la ciudad.
No han retirado la cama. Esta noche ha hecho fresco, el tiempo estĆ” cambiando y quizĆ” maƱana llueva. Esta maƱana, temprano, cuando he salido a la terraza, la cama estaba vacĆa, se habĆan ido a dormir dentro.
Pero ahà estaba la camita con sÔbana amarilla, almohadas azules y dosel de cortina verde hierba, en pausa paciente y confiada.
A mediodĆa, despuĆ©s de comer, la cama estaba ocupada otra vez. Sin la guirnalda, llena de charcos de almĆbar del sol de mediodĆa.
Estoy pensando que quizĆ” al atardecer la guirnalda se encenderĆ” de nuevo, como la estela luminosa que marca un acontecimiento.
Forma parte del paquete de sabidurĆa instintiva que hemos heredado quiĆ©n sabe de quiĆ©n, marcar nuestros momentos extraordinarios con luz.
Los magos siguiendo la estrella, que se detuvo encima del reciƩn nacido.
El aura del que alcanza la iluminación espiritual.
Los cirios que encendemos cuando alguien muere, cuando alguien nace, cuando alguien atraviesa el umbral de un estado nuevo.
Los faroles flotantes del Toro Nagashi.
La corona de luz de las personas santas.
Los hogueras de San Juan.
Los fuegos del solsticio de invierno.
Las velas que colocamos en las ventanas cuando deseamos algo, o para dar la bienvenida a alguien a nuestra casa.
Las cerillas prendidas de la pequeƱa cerillera.
Las hadas tienen luz, pero no todos pueden verla.
la luz de las estrellas, que nos es tan vagamente familiar.
La luz al final del tĆŗnel…
(Sin olvidar a E.T., que en los momentos importantes se encendĆa como si fuera una bombilla.)
El poder de la luz para seƱalar, para signar: para rociarnos y rociar el mundo con su influencia transformadora, y tambiƩn para dejar su marca sobre algunas cosas que nos suceden. Para convertir un suceso en un signo, en un recuerdo trascendente.
Aquella otra noche amarilla de verano naciente. Eran esos tiempos en los que el amor tenĆa la clase de intensidad que te hace colgar guirnaldas luminosas en la terraza de tu casa, rociar la sĆ”bana con flores silvestres, mirar al otro con tal concentración que cuando te empiezan a escocer los ojos te salen gotas de ternura en vez de lĆ”grimas. Dormir al fresco sin necesitar mĆ”s manta que ese cuerpo. Ćse, no otro.
Que hace que nunca estƩs saciado de verdad.
Aquella locura maravillosa con riesgo de desbordamiento.
QuĆ© difĆcil es contemplar esa camita sin cinismo, si emigraste ya de ese paĆs.
Yo aún no. Qué afortunada.













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