Principios de abril en Murcia.
Mares de espuma sobre los campos verdes.
La efervescencia de la floración de los frutales.
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Cada dÃa, largo paseo por una carretera bordeada de pinos, de las de antes, a la que sólo le faltaban los mojones blancos marcándola de orillas.
Por las mañanas, cuando salimos del hotel, las montañas están envueltas en una neblina perlada que esparce sobre la tierra un vaho de luz sedosa.
El camino, fresco, vacÃo, somnoliento aún, se ajedreza con los grandes charcos de sombra de los pinos. Sólo trinos de pájaros puntuando el silencio de la mañana virgen.
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Cuando regresamos caÃda la tarde, el camino está dorado de almÃbar, cruzado, como por lamas de persiana, por la sombra de los troncos esbeltos.
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A ambos lados, levitando sobre la tierra, extensiones en flor de árboles frutales.
Algunos completamente en flor, otros ya verdeando.
No sé lo que son: quizá manzanos, perales, ciruelos, melocotones.
Campos cuidados como niños bien peinados para ir al cole.
Orden.
ArmonÃa.
Humanidad.
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Transmiten la intensa sensación del poder de una perseverancia astuta y humilde: después de la poda, el crecimiento de los árboles está conducido separando sus ramas principales con cañas, que las mantienen a la distancia mejor unas de otras, para que todas reciban sol y el árbol pueda cargarse de frutos de forma armónica y abundante.
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Cañas, un cuchillo, una cabecita maquinando, dos manos bien dispuestas, riego, lluvia.
Mucho trabajo. Mucha confianza. Mirar todos los dÃas con ojos que absorben cada detalle.
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Poco más.
Y el resultado es un mar de espuma nÃvea, que arrulla un murmullo de abejas en vez de un rompiente de olas.
Algunos campos ya han perdido la flor y los diminutos frutos han comenzado a crecer, aún inclasificables si no entiendes de esto. Redonditos, sonrosándose colgados de los pétalos aún visibles de la flor, promesas de dulzura crujiente.
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Dentro de un par de meses, las frutas lucirán colores de gema cuando los lugareños paseen bajo la sombra de los pinos de este precioso camino.
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Otros campos están cuajados de flores cremosas como pompones, blancas y rosadas, radiantes. Ferias de farolitos encendidos.
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Está cayendo el sol.
La hora azul.
Hace frÃo.
Volver a la habitación tibia deshaciendo los pasos, con los oÃdos y la piel untados por el empuje del viento y el vuelo de canto de los pajaritos.
La cabeza libre para dar tumbos blandos a su gusto, sin nada que la tironee.
Refrescarse.
Vaciarse.
Volverse a llenar de cosas anchas, limpias, simples, ligeras, sin peso.
Una colocasia traspasada por la luz de la tarde junto a un mirador de cristal.
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Ver cadenas de nubes azules moverse a cámara rápida acariciándoles el lomo a las montañas que se ven tras las ventanas con postigos.
Ventanitas ambarinas titilando en la hora azul, el olor de la leña quemándose en las chimeneas de las casas, ascendiendo y uniéndose en trenzas de humo perfumado bajo el cielo espeso de dÃa de lluvia.
Los hermosos balcones de rejerÃa tradicional, pintaditos de esmalte brillante y alternados con farolas antiguas, una casa detrás de otra, alineados como un haiku que cuelga de la tarde.
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Aspirar el perfume de la belleza antigua que no envejece.
La belleza como gracia: esa elocuencia luminosa que emanan las cosas cuando su creador las ha cargado de presencia interior.
Cosas que tienen un espÃritu que habla.
Llevarse a la mesilla una ramita en flor. Pétalos blancos, más delicados que el papel de seda, para que se mezclen con nuestros sueños. Medianoche oreada.
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Sentirse agradecida por tantas pequeñas bendiciones.
Ser consciente del milagro que significa cada dÃa.
Hacer planes para el dÃa siguiente, saboreándolos, apreciando cabalmente la delicia que es poder hacerlos, porque cada dÃa que tenemos es un auténtico regalo.
Saber con el corazón que no pueda una desperdiciar tales regalos empleándolos en sinsentidos, bobadas, vanidades y tonterÃas…
Ahuecarse las plumitas y sonreÃr de oreja a oreja.
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 Y mientras todo esto se cocinaba a fuego lento, esto otro es lo que hemos comido esta semana: crema de puerros y ajos.





















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