Llueve torrencialmente.
Es la tormenta Gloria.
Las persianas de la habitaciĂłn del hospital me recuerdan a las de casa de la abuela, esas persianas de lĂĄminas oscuras de madera enlazadas por una varilla metĂĄlica articulada que se va desplegando cuando las subes y deja lĂneas de luz visibles entre lama y lama.
Son débiles y el vendaval las sacude contra el ventanal dando bandazos estentóreos.
Bajo el cielo cerrado y plĂșmbeo hay una cĂșpula de luz irreal, de un intenso color amarillo anaramjado.
Mientras la velamos estas dos noches de hospital, las cortinas de lluvia caen a chorreones y las ramas desnudas de los plĂĄtanos se inclinan grotescamente hacia nuestra ventana del cuarto piso, habitaciĂłn 408.
Hemos llegado el final de este camino oscuro. Los renglones torcidos de Dios.
Nuestro camino torcido que hemos recorrido como hemos podido, a menudo temblequeantes y dando tumbos, como alguien que vuelve a casa después de haber bebido demasiado. Como alguien que se orienta en la oscuridad a trompicones.
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En el año 1999 mi madre nos escribiĂł una carta de despedida. En la carta nos pide perdĂłn por el sufrimiento que nos ha causado, del que ella siempre fue muy consciente, aunque la enfermedad le velara Ă©sta y toda otra lucidez durante largos periodos. Lo escribiĂł, generosamente, en un momento tenebroso de su vida, en el que yo sĂ© a ciencia cierta que estaba en una encrucijada en la que no sabĂa quĂ© hacer con su vida, cĂłmo recomponerla, cĂłmo encontrar el camino de vuelta a casa.
Estaba totalmente perdida, y nunca volviĂł a recuperar la direcciĂłn que habĂa extraviado, aunque durante tramos del camino pareciĂł que andaba por un sendero difuso dentro del gran bosque.
En esa carta nos dice que aunque a menudo no ha sabido cómo hacérnoslo saber, durante 33 años ha estado siempre pendiente de nuestras pequeñas y grandes cosas y que nosotros siempre hemos sido lo mås importante de su vida.
33 años, unos mĂĄs felices y otros ya premonitorios de lo que se avecinaba. Hasta 1999. Los siguientes 20 años, hasta hoy, los pasĂł en una tiniebla espesa que iba y venĂa.
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Es un destino duro que merece toda la compasiĂłn amorosa de la que uno sea capaz.
En sus diarios de estos años, sembrados de una atormentada caligrafĂa de pulga que refleja como el brillo de un cuchillo la crueldad del estado mental dentro del que se ahogaba, hay pĂĄginas y pĂĄginas y pĂĄginas, meses completos de pĂĄginas, donde la pĂĄgina estĂĄ barrada en diagonal y bajo la doble banda estĂĄ escrita la palabra Oscuridad.
Meses enteros que viviĂł confinada en su cuarto con las persianas cerradas y la luz apagada.
Es imposible no llorar al recordar todo ese sufrimiento. Y es cada vez mĂĄs fĂĄcil âla muerte vuelve mucho mĂĄs fĂĄcil todo perdĂłnâ olvidar el sufrimiento propio para pensar en el de ella.
Estos dos Ășltimos años de proteger en casa su absoluta vulnerabilidad han hecho con nosotros algo que leĂ hace muchos años en un poema de Khalil Gibran:
«Como gavillas de trigo os aprieta contra su corazón.
Os apalea para desnudaros.
Os trilla para liberaros de vuestra paja.
Os muele hasta dejaros blancos.
Os amasa hasta dejaros livianos,
y luego os entrega a su fuego sagrado, y os transforma
en pan mĂstico para el banquete divino.»
Nos ha preparado, pasåndonos por el fuego de la prueba cotidiana, para que pudiéramos llegar a este momento sin resentimiento y con paz.
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Cuando muriĂł jarreaba y el cielo tenĂa los colores surreales que se describen en el libro del Apocalipsis.
DespuĂ©s hemos bromeado mucho con que ella, que tenĂa carĂĄcter de estrellita, no se iba a ir de este mundo un dĂa cualquiera ni de un modo cualquiera.
Tuvimos, eso sĂ, el regalo de un muerte apaciguada y dulce.
Se marchĂł dando esa Ășltima respiraciĂłn que confiere significado al verbo expirar, y en dos minutos su cuerpo estuvo vacĂo de la sombra de ella misma que ya era.
VacĂo. Una cĂĄscara frĂĄgil y pĂĄlida depositada sobre las sĂĄbanas blanquĂsimas del hospital bajo la luz cenicienta del dĂa. Al fondo el sonido de cepillo de la lluvia bajo los neumĂĄticos de los coches que pasaban por la avenida grande llena de plĂĄtanos de invierno. Una cascarita cerosa hecha de un material distinto al de la vida.
Una cĂĄscara vacĂa, abandonada, que ya no era necesaria. El vuelo era palpable y evidente. La energĂa ya estaba en otro sitio.
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Contemplar la transformaciĂłn de un cuerpo vivo en cadĂĄver es quizĂĄ la manera mĂĄs intensa y elocuente de âverâ cĂłmo lo que somos simplemente se transforma en otra cosa.
Claro que eso depende de uno mismo y lo que quiera creer.
Pero hay algo de milagro en la muerte, en esa conversiĂłn del cuerpo en cĂĄpsula abandonada, en capullo perforado y ya inĂștil que queda en la tierra mientras la mariposa vuela.
Enseguida ella ya no estaba allĂ.
Pero estaba.
Y como yo de alguna manera tambiĂ©n medio milagrosa habĂa presentido en el cuento de los 3 espĂritus, ella estaba y no se habĂa quedado con la forma que tenĂa entonces. Estaba como era antes de que empezara todo.
Por eso, para la despedida elegimos dos fotos de aquella forma inicial en la que su energĂa se habĂa transformado de nuevo al liberarse. La mujer brillante, bonita y llena de posibilidades que era antes de que el renglĂłn empezara a vacilar.
Elegimos una mĂșsica extravagante para la incineraciĂłn que era un sĂmbolo de la parte festiva de su carĂĄcter: el Danubio azul. El vals sonaba mientras la caja desaparecĂa y nosotros tres solo veĂamos la foto de una mujer joven llena de estilo, fuerza y ambiciones, sentada en un peñasco en las agujas de Santa Ăgueda, a la sombra de un pino carrasco y flanqueda por la hermosa bahĂa del Benicasim de los años 60 como por un manto azul. Una mujer brillante que, como decĂa el texto que nos estaban leyendo, no se iba muy lejos.
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La mĂșsica fue una buena elecciĂłn y nos lo hizo todo mĂĄs fĂĄcil, porque sĂłlo tuvimos que dejarnos conducir por ella. Era sencillo verla evolucionar llevada por las ondas sinuosas del vals, resplandeciente como en la foto, feliz en brazos de su padre. Su padre adorado y añorado. ese hombre templado y vital, difĂcil de olvidar y con una energĂa congregadora, que bromeaba y cantaba Luisa Fernanda a pecho abierto en cualquier circunstancia. Y mientras Marita, la abuela, a la que he llamado insistentemente mientras velĂĄbamos a mi madre para que estuviera preparada, los miraba con complacencia.
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En el lugar sin nombre hay ahora una familia reencontrada, y aquĂ abajo hay otra, por obra de ese trocito de milagro que entrega a los vivos que le pertenecieron la muerte de cualquier vida cumplida.
Este Ășltimo vals se lleva dentro de sus tirabuzones toda la oscuridad con la que hemos convivido, como quien sopla sobre polvo, y nos deja en su lugar, al final del baile, una madre rescatada en volandas de todo aquello, y a la que, por fin, podemos regresar.
Me gusta pensar que ahora estĂĄ en ese estado o lugar luminoso en donde, por fin, todo se comprende.
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«¿QuĂ© es esta muerte sino un accidente insignificante? ÂżPor quĂ© estarĂa lejos de tus pensamientos por el sĂłlo hecho de permanecer invisible? SĂłlo te estoy esperando, durante un tiempo, en algĂșn lugar muy cercano, a la vuelta de la esquina. Todo estĂĄ bien… nada se ha perdido. «
Henry Scott Holland, El rey de los terrores

















Precioso
Un texto y unas fotos preciosas, Fer.
Muchos besos.
Ahora siempre que veo fotos de mi padre de esos años me acuerdo de lo que me dijiste. Tus niños también van a tener esa suerte. Smuaac.
Impresionante serenidad la tuya mientras escribes este homenaje a tu madre. Un abrazo muy fuerte qyerida Cuqui. Maria Fernanda, descansas ya en paz y al lado de tus padres.
Mil gracias querida Pilar Ana, siempre estĂĄs cerca. Un gran abrazo.
Un beso Cuca.
Los versos de Khalil Gibran sĂłlo pueden entenderse tras haber vivido algo asĂ.
Muchas gracias Julio. Compartimos hace mil años ese poema y sĂ© que lo entiendes del mismo modo que yo. Me emocionĂł mucho ver a tu madre. Me gustĂł mucho que estuvieran porque sĂ© que para mi familia la vuestra ha sido siempre algo muy especial, pese a todos los desvarĂos que el tiempo va trayendo… Un abrazo grande.
Precioso!!! Mi mas sentido pésame por el fallecimiento de tu madre. Descanse en paz
Carmina, querida, muchĂsimas gracias. Un grandĂsimo abrazo.
Qué maravilla, Cuqui. Un abrazo muy grande
Muchas gracias Ana Eva. Me he acordado mucho de ti estos dĂas. Ya te imaginas por quĂ©. Un gran gran abrazo.
EXCELENTE TEXTO-POEMA. HACE AĂOS VIVĂ ALGO PARECIDO CON MI ABUELA. LEYENDO TUS PALABRAS RECUERDO AQUELLOS DIAS.
AHORA MI MADRE ESTA MUY ANCIANA. LUCHA POR AFERRARSE A SU LUCIDEZ. LA QUE PUEDE TENER A SU EDAD. VENDRAN LUEGO DIAS DIFICILES HASTA QUE SE CUMPLA SU TIEMPO.
SE QUE ES VIVIR ESTAS CIRCUNSTANCIAS. TU LO EXPRESAS DE LA FORMA MAS HERMOSA. BENDICIONES Y MUCHAS GRACIAS!!!!
Querida Lina, muchas gracias por tener el detalle de escribirme esas palabras, que te agradezco de corazĂłn. OjalĂĄ tu madre reciba la fortuna de cumplir su tiempo conservando alguna lucidez y mucha capacidad de amor. Y que tĂș tengas fuerza y generosidad para poder acompañarla. Te envĂo un abrazo desde aquĂ, y muchas bendiciones.